La aventura empieza antes de arrancar

Porque la verdadera aventura no comienza cuando arranca el motor, sino cuando aparece la ilusión de descubrir el próximo camino. Hay algo extraño ocurriendo en casa. No sé exactamente qué es, pero lo noto en el ambiente. Los humanos cambian de olor cuando están contentos y también cuando están preocupados. Últimamente huelen a las dos cosas al mismo tiempo.

Por las mañanas aparece el aroma del café recién hecho. Después llega el de los mapas, el papel y la tinta. Sí, los mapas tienen olor. Llevan días sentándose alrededor de la mesa, desplegándolos una y otra vez, señalando lugares con el dedo y manteniendo largas conversaciones. Hablan de montañas, de ríos, de pueblos escondidos y de carreteras que atraviesan paisajes que todavía no conocemos.

Yo los observo desde mi rincón favorito. Mantengo los ojos medio cerrados porque es importante que crean que estoy dormido. Cuando los humanos piensan que nadie los escucha suelen contar las cosas más interesantes. Es una técnica que perfeccioné hace tiempo y que sigue dando excelentes resultados.

Entre conversación y conversación aparece constantemente una palabra que nunca he terminado de entender: kilómetros. Parece que les preocupa mucho. Hablan de ellos como si fueran algo importante. Yo, sinceramente, jamás he visto a nadie emocionarse por recorrer exactamente doscientos o trescientos kilómetros. Sin embargo, sí he visto a personas emocionarse por un amanecer, por el sonido de una cascada, por una plaza tranquila al final de la tarde o por una conversación inesperada con alguien a quien acaban de conocer.

Mientras ellos cuentan kilómetros, yo imagino olores.

Sé que pronto llegarán olores nuevos. Bosques que todavía no hemos explorado. Senderos desconocidos. Prados inmensos. Pueblos donde cada esquina guarda historias invisibles para los ojos, pero perfectamente legibles para una nariz atenta.

Los humanos observan el mundo mirando. Yo lo descubro oliendo.

Para ellos, un pueblo puede ser una iglesia antigua, una plaza bonita y un puente de piedra. Para mí es mucho más. Es la historia del perro que pasó por allí al amanecer, del gato que vigila una calle desde un tejado, del pan que acaba de salir del horno o de la comida que alguien está preparando detrás de una ventana abierta. Todo está escrito en el aire. Solo hay que saber interpretarlo.

Quizá por eso me gustan tanto los pueblos pequeños. En ellos la vida parece más auténtica. Las panaderías perfuman las calles antes de que salga el sol. Las tiendas conocen a sus clientes. Los bares tienen vecinos en lugar de clientes habituales. Todo parece más cercano, más humano.

Mis humanos también prefieren esos lugares. Les gusta comprar en los pequeños comercios, tomar un café en los bares del pueblo o entrar en las tiendas que llevan abiertas toda la vida. Creo que han entendido algo importante: cuando compramos en esos lugares ayudamos a que sigan existiendo. A que el pueblo continúe vivo. A que quienes lleguen después encuentren las mismas puertas abiertas que nosotros encontramos.

Además, entre nosotros, los pequeños comercios tienen otra ventaja evidente. Las probabilidades de que algo delicioso termine cayendo accidentalmente al suelo son considerablemente más altas. No dispongo de datos científicos que respalden esta teoría, pero mi experiencia personal es bastante concluyente.

También he descubierto que no todos los lugares reciben igual a quienes viajamos juntos. Algunos parecen no entender que una familia viaja completa o no viaja. Otros, en cambio, lo comprenden perfectamente desde el primer momento.

Son esos lugares donde aparece un cuenco de agua sin necesidad de pedirlo. Donde alguien sonríe al verte entrar. Donde siempre hay un rincón con sombra para descansar. Pequeños detalles que parecen insignificantes, pero que dicen mucho sobre las personas.

Y casi siempre son esos sitios los que terminan convirtiéndose en los mejores recuerdos del viaje.

Mientras tanto, la Taoneta sigue esperando. Cada día cambia un poco. Aparece una manta nueva. Un utensilio de cocina. Una libreta para escribir historias. Alguna recomendación de última hora. Un mapa más sobre la mesa.

La observo y tengo la sensación de que ella también está impaciente. Como esos caballos de las películas que rascan el suelo antes de salir al galope. Solo que esta vez el caballo tiene ruedas y bastante más espacio para guardar galletas.

Yo ya he inspeccionado cada rincón. He probado todos los lugares aptos para la siesta. Varias veces. Por supuesto, por motivos estrictamente profesionales. Puedo confirmar que el nivel de comodidad es más que aceptable y que la certificación oficial está prácticamente aprobada.

Lo único que todavía no sé es cuál será el mejor momento del viaje. Quizá un amanecer en los Pirineos. Quizá una noche junto a un río. Quizá un paseo por un pueblo medieval. Quizá una conversación con otros viajeros. O quizá algo completamente inesperado que aún no aparece en ningún mapa.

Porque eso es lo que más me gusta de viajar. Nunca sabes exactamente qué vas a encontrar.

Mis humanos creen que están preparando una ruta. Yo creo que estamos reuniendo recuerdos antes de vivirlos.

Y mientras ellos continúan comparando áreas, estudiando carreteras y soñando con los lugares que pronto visitaremos, yo sigo observándolos desde mi puesto de vigilancia, aparentemente dormido, como siempre.

Cada día estoy más convencido de una cosa.

La aventura ya ha comenzado.

Porque los viajes más importantes no empiezan cuando arranca el motor.

Empiezan mucho antes.

Empiezan el día en que la ilusión entra por la puerta de casa y decide quedarse una temporada.



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